domingo, 18 de octubre de 2015

Escuchar un pitido y que no sea el café

¿Por qué deberíamos ser felices, y no pensar en lo poco útil de pensar, y en lo poco útil de vivir y tener vida?
¿Por qué deberíamos apreciar lo que tenemos y no querer no tener nada y no ser nadie y no existir?
¿Por qué deberíamos suprimir nuestros males o dejarlos fluir y que no influyan y pensar que siempre podremos mejorar y ver el Sol?
Porque, ¿nos hace mejores ser felices? ¿Por qué admirar a quienes sonríen? ¿Por qué admirar a alguien?
Quizá mejor no admiremos a nadie y no deseemos nada y menos si somos infelices, quizá mejor joderse y tener dolor infinito y quejarse por ello sin mover un dedo.
¿Por qué no podemos?
¿Por qué nos condenan cuando no somos agradecidos?

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Esa gente feliz, siempre intentando darte lecciones de vida. Cállense.

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Estoy así, debatiéndome entre entregarme al placer o cumplir mi deber, debatiéndome si las dos cosas no deberían ir juntas, escapándose de mi a su vez las preguntas que un texto de algún filósofo alemán debe suscitar en mi.
Pienso en comer y pienso en la ventana, y pienso en el cielo y en la inmensidad del mar. Por qué esa imagen de una gran masa azul infinita provoca tan gran melancolía, no estoy segura.
Debe ser difícil adentrarse en ella y dejarse morir, verse inundado, sentir como tus pulmones se ahogan y te quedas sin respiración.


William Turner

Dejarse ver asusta, y como una es cobarde, se hace la estúpida.

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Escucho un pitido, estoy en peligro.

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¿Será peligroso no querer vivir?





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