miércoles, 30 de diciembre de 2015

Nix, sus ojos y el tiempo

Vas a ser atrapada en el tiempo y en este lugar, y crecerás, verás tu vida pasar, te quedarás despierta muchas noches con gente igual de sola que tú, y caminarás por los mismos suelos mil veces, infinitas veces, atrapada, sí, en ese lugar.
Quizá un jardín te salve, o un té una tarde, quizá la única solución sea el tren y el viaje.
Marcharás, sí, y todo se pondrá en marcha, y verás el tiempo derretirse, y el alma, tu alma, partirá contigo.




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Despierto y vivo
está el bosque de noche.
Las luciérnagas lo iluminan
y los búhos piensan
desde las ramas
con sus grandes ojos abiertos.
Los árboles alzándose orgullosos
hacia el oscuro cielo
desprenden un mágico misterio.

Los sonidos de la noche
son bellos enigmas
los crujidos y los grillos
los murciélagos y el viento.
El silencio no es silencio
en la noche, en el bosque.

Se oculta en la noche
una exótica esencia
una fuerza, un encanto.
El bosque de noche habla
pero calla.

El bosque hechicero
la noche bruja.
Su cielo lo llenan estrellas
y la luna lo preside.
La noche, la oscura noche,
despierta y llena de vida.

Es la noche que me mira
la de tus ojos
son tus ojos que iluminan
son tus ojos los que esconden
mil misterios y una vida
son tus ojos, esos negros tuyos,
que me dejan sin salida.

De tus ojos podría hacer 
no sólo estúpida poesía.
Escribir canciones y pintarlos
y de mil formas admirarlos.
Son tus ojos, Nix, querida
los que me tienen distraída
pues ya no pienso en otra cosa
que en tus joyas de la noche,

negras,
oscuras,
deslumbrantes.


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Rosquilletas, tortitas y tiempo son las cosas que me faltan.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Venecia y Arlequín


Pieter Brueghel el Viejo. Combate de Cuaresma y Carnaval 


Caminábamos por las calles de Venecia casi sin aliento (pues es ese el efecto que la brillante y vieja ciudad te produce), y yo veía moverse en tu espalda tus largos cabellos rubios enfrente de mi.

Nos parábamos en todos los puentes (o en casi todos, pues allí, en la brillante y vieja ciudad los hay infinitos) y yo veía cómo tu sonrisa tomaba forma, mientras captabas los destartalados canales con tu cámara.

Comíamos bocadillos y fruta en la Plaza de San Marcos (y nos tapábamos bajo los arcos, claro, pues en la brillante y vieja ciudad rebosan las palomas) y yo veía tu mirada concentrada en aquellos alimentos, que tanto apetecían después de haber paseado durante horas.


No me atreví a escribir sobre Venecia, porque no hay metáfora que la describa, ni tiene comparación alguna. Pero sí escribí sobre ti y tus cabellos, tu sonrisa y tu mirada, porque son como el mar,
como las estrellas,

como el oro.

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Pude confirmarme a mi misma que nada de lo humano era eterno: así, mientras algunas de mis musas desaparecían con el tiempo (o el tiempo desaparecía cuando ellas marchaban) otras nuevas llegaban, y la única que quedaba siempre era una, era yo, mi musa, quien también habría de desaparecer algún día...

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Carnaval y su amigo Arlequín callaban mientras yo bebía zumo de piña y trataba de encontrarle conexión a todo, convencida de que el azar no existe y de que todo lo ha determinado el hado, silenciosa e ingeniosamente.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Más de siete musas

Me gustaría que todo lo que dijera fuera poesía siempre. Al menos nunca les faltaría un sentido a mis palabras, el poético. Necesito hablar mucho y mucho rato, aunque sólo diga estupideces.

A veces las siete musas no le bastan a una poeta, o poetisa, o como quieras llamarlo, y entonces, se buscan otras por ahí. Las musas extra normalmente duelen a la poeta, la desgarran, esa es su función. Y así la poeta escribe sobre ellas.
Pero, en realidad, la verdadera y primera musa es la poeta misma. Y esto es lo peor. Porque esta musa es la que más rompe a la poeta, y la que más le grita, y la que siempre le pide más. Y esto lleva a la poeta a un ligero y eterno estado de locura.

El estado de locura descoloca a la poeta, y nada que no sea poesía tiene sentido para la poeta. Entonces, si se piensa bien, casi cualquier cosa puede ser poesía. Pero la musa tiene sus gustos.

Cuando la musa y la poeta se enfadan, cosa que ocurre habitualmente, esta última se desmorona. La poeta no es nada sin su musa, entonces, la poeta, deja de ser, o quizá la poeta quiera dejar de ser.
A veces es cansado ser poeta, por culpa de la musa.

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A mi nadie me preguntó si quería estar aquí, simplemente aparecí, me arrojaron al mundo, y me obligaron a vivir.