La Luna nueva
Tenía el pelo negro como la noche. Su piel era blanquísima, casi tanto como
la Luna. Toda ella brillaba más que cualquier estrella del cielo. No podía ser
de este planeta.
La primera vez que la vi casi me quedo ciego por su luz. En serio, fue como
despertarse de golpe en una habitación con todas las ventanas abiertas. No
entendía cómo la gente no se arrodillaba ante su paso. ¿Es que nadie se daba
cuenta de lo malditamente perfecta que era?
Aquella noche me acosté pensando en ella.
Aquella mañana, me levanté pensando en ella.
Yo no tenía ni idea de cómo llamar la atención de las chicas. No era nadie
especial ni interesante, pero aquel día, decidí intentarlo.
Caminé por toda la universidad buscando sus cabellos, su mirada. Finalmente
la encontré sentada al lado de un árbol, sola. Me senté a su lado y le saludé
tímidamente.
La Luna creciente
Le gustaba mucho pasear, así que paseábamos. Paseábamos sin rumbo durante
horas. Yo le contaba cosas y ella callaba. A veces reía o hacía un pequeño
comentario, pero siempre callaba. Ella lo sabía todo de mí, yo no sabía nada de
ella. Pero me daba igual, me encantaba.
La verdad es que no sé lo que teníamos, ni si teníamos algo. Pero también
me daba igual. Yo sabía que su corazón no era mío. Simplemente aceptaba mi
compañía. Para mí era suficiente, yo era feliz así.
Una vez me llevó a su casa. Me invitó a comer, cocinó para mí. Aquello
estaba buenísimo, de verdad. Todo lo que sus manos tocaban se convertía en
maravilla. Tenía la habitación llena de dibujos, en los que aparecían seres y
lugares extraños y fantásticos. También tenía peluches de hadas y duendes que
ella misma cosía, una estantería llena de piedras preciosas y botes llenos de
conchas, pues le gustaba mucho el mar.
La luna gibosa iluminante
A veces pasaba días sin verla. La buscaba por todos lados y no la
encontraba. Simplemente, desaparecía. Yo sabía cuando iba desaparecer porque
dejaba de escucharme. Me daba cuenta de que intentaba mirarme y sonreír, ella
se esforzaba. Pero su mente estaba lejos, su mente estaba en otro planeta.
No sé qué es lo que hacía cuando se iba, pues cuando le preguntaba siempre
me respondía que no le había pasado nada.
Ella sólo te dejaba ver las puertas de su mundo. Era imposible intentar
entrar dentro de él. Estaba cerrado por todas partes, y jamás se abría. Yo
quería entrar, por supuesto. Quería saber todo de ella, qué pensaba, qué
sentía. Pero sabía que no podía ser, y era feliz así. Ver las puertas de su
reino era un verdadero honor.
La Luna llena
Esa noche salió de su casa, y caminó lentamente carretera abajo. Llegó a la
playa y anduvo descalza por la arena, entonces fría por el invierno. Así se
metió en el mar, así se metió bien dentro.
La encontraron tiempo después.
Yo no fui a su entierro.
Ella no podía soportar más la Tierra.
Yo sé que ella volvió a la Luna.