lunes, 26 de enero de 2015

Caronte enamorado

La isla de la vida, Bocklin.


El alma más triste

Entre todas las almas:

Caronte.

Condenado a ir y venir del Hades

Por siempre:

Caronte.

De ropajes y corazón roídos

Por la humedad del Aqueronte:

Caronte.



Caronte navega en silencio siempre. Elimina sus pensamientos intentando no oír los lamentos de los muertos. Su pasado, su presente y su futuro, no son más que su barca.

Pero las palabras pueden ser cambiadas si se escriben otras encima de ellas.



Ir y venir.

Ir y encontrarla.

Esa alma que se acerca a él,

Brillante, serena.

Esa alma que le da la moneda,

Sonriente, valiente.

Esa alma que suba a la barca,

Elegante, tranquila.



Ese alma le hace abrir los ojos, le hace temblar, le deja con la boca abierta. Su silencio se rompe, sus pensamientos empiezan a correr y siente su corazón bombear como loco.



Caronte, la dama espera su viaje. Te mira desde el asiento, rogándote que empieces a remar.

Tú, la miras también.

Perplejo, piensas en todo y en nada.



¿Quién hace sentir cosas a Caronte?

¿Puede nuestro barquero conocer a Eros?



Caronte, nuevas almas están llegando, y entre gritos se empujan unas a otras.

Ya se alejan de la orilla, él ya cumple con su deber.

Caronte, puedes cambiar la historia, pero nadie dijo que la nueva sería mejor.

jueves, 22 de enero de 2015

Perfectus



"Con origen en el latín perfectus, la palabra perfecto describe a la cosa, organismo o individuo que reúne el más alto nivel posible de excelencia en relación a los demás elementos de su misma especie o naturaleza. Si algo es perfecto, no hay posibilidades de hacerlo mejor, ya que no existe nada superior a lo que ya se ha conseguido."

Nacemos perfectos, puros, de limpia mente y alma.
Nacemos en la más perfecta felicidad y armonía.
Los mayores pronto nos llenan la cabeza de mierdas. En el párvulo, los niños ya han empezado su proceso de putrefacción. No son conscientes, pero sus almas, ya se han escondido en un rincón, y con el tiempo encogerán hasta ser casi microscópicas. Así vivimos, con un alma fantasma y una mente moldeada a gusto de los demás, ¡iguales todas!

Entonces, intentamos buscar aquella perfección perdida (para siempre) en cosas estúpidas y materiales. Belleza, dinero, fama, la aceptación de los demás, el trabajo duro con tal de ser reconocidos y demás cosas al fin y al cabo inútiles.
Inútiles para recuperar nuestra perfección, nuestra pureza.
Y buscamos el amor por todas partes menos por donde realmente tenemos que buscarlos: dentro de nosotros mismos.

La familia, los amigos y la pareja no son más que nuestros complementos. Nacemos y morimos acompañados, pero solos al fin y al cabo. Tendríamos que sentir la paz en esa soledad, tendríamos que encontrar allí el amor, la felicidad, la verdadera perfección. Pero ahí se encuentran tapados con un trapo, cubiertos de polvo y mugre, de telerañas, esperando a que se les haga caso, esperando a que los ojos miren en la dirección correcta de una vez y la boca se abra para conversar con ellos y quererlos, como ellos nos quieren a nosotros.

Es tan difícil la vida, se suele decir. Y yo digo: Es tan difícil vivir una vida cubierta de mierda, de mierda que no olemos y no podemos limpiar.

Muchas veces recuerdo un cuento que una buena profesora mía nos leyó en clase una vez. Decía así:

"Un día cualquiera, varios duendes decidieron hacer una travesura.
Uno de ellos dijo:
- Vamos a quitarle algo a los hombres, ¿pero que le quitamos?, preguntó otro.

Después de mucho pensar uno de ellos dijo:
- ¡Ya sé!, vamos a quitarles La Felicidad, pero el problema va a ser dónde la escondemos para que no la encuentren. - propuso el primero.
- Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo.
A lo que inmediatamente repuso otro:
- ¡No!, recuerden que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si uno la encuentra, ya todos sabrán donde está.
Luego propuso otro:
- Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar.
Y otro contestó:
- ¡No!, ellos tienen curiosidad, alguna vez alguien constuirá un aparato para poder bajar y entonces la encontrarán.
Uno más dijo:
- Pués escondámosla en un planeta bien lejano de la tierra, y no más.
- ¡No! Tened en cuenta que tienen inteligencia, y algún día alguien va a construir una nave espacial en la que puedan viajar y la podrán descubrir, entonces todos tendrán la felicidad.
El último de ellos era un duende que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás duendes. Analizó cada una de ellas y dijo:
- Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren.
Todos se giraron asombrados y preguntaron al unísono: "¿Dónde?"
El duende silencioso respondió: 
- ¡La esconderemos dentro de ellos mismos!; estarán tan ocupados buscándola afuera que jamás podrán encontrarla.
Todos estuvieron de acuerdo con la propuesta, y, desde entonces, ha sido así."

La chica de la Luna


La Luna nueva

Tenía el pelo negro como la noche. Su piel era blanquísima, casi tanto como la Luna. Toda ella brillaba más que cualquier estrella del cielo. No podía ser de este planeta.

La primera vez que la vi casi me quedo ciego por su luz. En serio, fue como despertarse de golpe en una habitación con todas las ventanas abiertas. No entendía cómo la gente no se arrodillaba ante su paso. ¿Es que nadie se daba cuenta de lo malditamente perfecta que era?

Aquella noche me acosté pensando en ella.

Aquella mañana, me levanté pensando en ella.

Yo no tenía ni idea de cómo llamar la atención de las chicas. No era nadie especial ni interesante, pero aquel día, decidí intentarlo.

Caminé por toda la universidad buscando sus cabellos, su mirada. Finalmente la encontré sentada al lado de un árbol, sola. Me senté a su lado y le saludé tímidamente.



La Luna creciente

Le gustaba mucho pasear, así que paseábamos. Paseábamos sin rumbo durante horas. Yo le contaba cosas y ella callaba. A veces reía o hacía un pequeño comentario, pero siempre callaba. Ella lo sabía todo de mí, yo no sabía nada de ella. Pero me daba igual, me encantaba.

La verdad es que no sé lo que teníamos, ni si teníamos algo. Pero también me daba igual. Yo sabía que su corazón no era mío. Simplemente aceptaba mi compañía. Para mí era suficiente, yo era feliz así.

Una vez me llevó a su casa. Me invitó a comer, cocinó para mí. Aquello estaba buenísimo, de verdad. Todo lo que sus manos tocaban se convertía en maravilla. Tenía la habitación llena de dibujos, en los que aparecían seres y lugares extraños y fantásticos. También tenía peluches de hadas y duendes que ella misma cosía, una estantería llena de piedras preciosas y botes llenos de conchas, pues le gustaba mucho el mar.



La luna gibosa iluminante

A veces pasaba días sin verla. La buscaba por todos lados y no la encontraba. Simplemente, desaparecía. Yo sabía cuando iba desaparecer porque dejaba de escucharme. Me daba cuenta de que intentaba mirarme y sonreír, ella se esforzaba. Pero su mente estaba lejos, su mente estaba en otro planeta.

No sé qué es lo que hacía cuando se iba, pues cuando le preguntaba siempre me respondía que no le había pasado nada.

Ella sólo te dejaba ver las puertas de su mundo. Era imposible intentar entrar dentro de él. Estaba cerrado por todas partes, y jamás se abría. Yo quería entrar, por supuesto. Quería saber todo de ella, qué pensaba, qué sentía. Pero sabía que no podía ser, y era feliz así. Ver las puertas de su reino era un verdadero honor.



La Luna llena

Esa noche salió de su casa, y caminó lentamente carretera abajo. Llegó a la playa y anduvo descalza por la arena, entonces fría por el invierno. Así se metió en el mar, así se metió bien dentro.

La encontraron tiempo después.

Yo no fui a su entierro.

Ella no podía soportar más la Tierra.

Yo sé que ella volvió a la Luna.

jueves, 8 de enero de 2015

El Sin Título es bonito


"3- El nacimiento de la industria moderna."

Mi compañera de clase no parece muy convencida de cómo le ha quedado el título de su resumen de Historia y deshecha la hoja, que yo recojo en seguida. En mi carpeta tengo varias hojas rotas, sucias o a medio escribir. A veces, en clase, la imaginación se me escapa a través de ellas.

" [...] 
Eras un bombero de la mente y el corazón.
O quizá eras fuego, porque, madre mía, cómo quemabas."

Dejar algo "Sin Título" mola. Es como dramático y artístico. Arte en el drama de no haber título en el arte.