jueves, 22 de enero de 2015

La chica de la Luna


La Luna nueva

Tenía el pelo negro como la noche. Su piel era blanquísima, casi tanto como la Luna. Toda ella brillaba más que cualquier estrella del cielo. No podía ser de este planeta.

La primera vez que la vi casi me quedo ciego por su luz. En serio, fue como despertarse de golpe en una habitación con todas las ventanas abiertas. No entendía cómo la gente no se arrodillaba ante su paso. ¿Es que nadie se daba cuenta de lo malditamente perfecta que era?

Aquella noche me acosté pensando en ella.

Aquella mañana, me levanté pensando en ella.

Yo no tenía ni idea de cómo llamar la atención de las chicas. No era nadie especial ni interesante, pero aquel día, decidí intentarlo.

Caminé por toda la universidad buscando sus cabellos, su mirada. Finalmente la encontré sentada al lado de un árbol, sola. Me senté a su lado y le saludé tímidamente.



La Luna creciente

Le gustaba mucho pasear, así que paseábamos. Paseábamos sin rumbo durante horas. Yo le contaba cosas y ella callaba. A veces reía o hacía un pequeño comentario, pero siempre callaba. Ella lo sabía todo de mí, yo no sabía nada de ella. Pero me daba igual, me encantaba.

La verdad es que no sé lo que teníamos, ni si teníamos algo. Pero también me daba igual. Yo sabía que su corazón no era mío. Simplemente aceptaba mi compañía. Para mí era suficiente, yo era feliz así.

Una vez me llevó a su casa. Me invitó a comer, cocinó para mí. Aquello estaba buenísimo, de verdad. Todo lo que sus manos tocaban se convertía en maravilla. Tenía la habitación llena de dibujos, en los que aparecían seres y lugares extraños y fantásticos. También tenía peluches de hadas y duendes que ella misma cosía, una estantería llena de piedras preciosas y botes llenos de conchas, pues le gustaba mucho el mar.



La luna gibosa iluminante

A veces pasaba días sin verla. La buscaba por todos lados y no la encontraba. Simplemente, desaparecía. Yo sabía cuando iba desaparecer porque dejaba de escucharme. Me daba cuenta de que intentaba mirarme y sonreír, ella se esforzaba. Pero su mente estaba lejos, su mente estaba en otro planeta.

No sé qué es lo que hacía cuando se iba, pues cuando le preguntaba siempre me respondía que no le había pasado nada.

Ella sólo te dejaba ver las puertas de su mundo. Era imposible intentar entrar dentro de él. Estaba cerrado por todas partes, y jamás se abría. Yo quería entrar, por supuesto. Quería saber todo de ella, qué pensaba, qué sentía. Pero sabía que no podía ser, y era feliz así. Ver las puertas de su reino era un verdadero honor.



La Luna llena

Esa noche salió de su casa, y caminó lentamente carretera abajo. Llegó a la playa y anduvo descalza por la arena, entonces fría por el invierno. Así se metió en el mar, así se metió bien dentro.

La encontraron tiempo después.

Yo no fui a su entierro.

Ella no podía soportar más la Tierra.

Yo sé que ella volvió a la Luna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario