lunes, 28 de diciembre de 2015

Venecia y Arlequín


Pieter Brueghel el Viejo. Combate de Cuaresma y Carnaval 


Caminábamos por las calles de Venecia casi sin aliento (pues es ese el efecto que la brillante y vieja ciudad te produce), y yo veía moverse en tu espalda tus largos cabellos rubios enfrente de mi.

Nos parábamos en todos los puentes (o en casi todos, pues allí, en la brillante y vieja ciudad los hay infinitos) y yo veía cómo tu sonrisa tomaba forma, mientras captabas los destartalados canales con tu cámara.

Comíamos bocadillos y fruta en la Plaza de San Marcos (y nos tapábamos bajo los arcos, claro, pues en la brillante y vieja ciudad rebosan las palomas) y yo veía tu mirada concentrada en aquellos alimentos, que tanto apetecían después de haber paseado durante horas.


No me atreví a escribir sobre Venecia, porque no hay metáfora que la describa, ni tiene comparación alguna. Pero sí escribí sobre ti y tus cabellos, tu sonrisa y tu mirada, porque son como el mar,
como las estrellas,

como el oro.

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Pude confirmarme a mi misma que nada de lo humano era eterno: así, mientras algunas de mis musas desaparecían con el tiempo (o el tiempo desaparecía cuando ellas marchaban) otras nuevas llegaban, y la única que quedaba siempre era una, era yo, mi musa, quien también habría de desaparecer algún día...

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Carnaval y su amigo Arlequín callaban mientras yo bebía zumo de piña y trataba de encontrarle conexión a todo, convencida de que el azar no existe y de que todo lo ha determinado el hado, silenciosa e ingeniosamente.


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