Pieter Brueghel el Viejo. Combate de Cuaresma y Carnaval
Caminábamos por las calles de Venecia casi sin aliento
(pues es ese el efecto que la brillante y vieja ciudad te produce), y yo veía
moverse en tu espalda tus largos cabellos rubios enfrente de mi.
Nos parábamos en todos los puentes (o en casi todos, pues
allí, en la brillante y vieja ciudad los hay infinitos) y yo veía cómo tu sonrisa
tomaba forma, mientras captabas los destartalados canales con tu cámara.
Comíamos bocadillos y fruta en la Plaza de San Marcos
(y nos tapábamos bajo los arcos, claro, pues en la brillante y vieja ciudad rebosan
las palomas) y yo veía tu mirada concentrada en aquellos alimentos, que tanto
apetecían después de haber paseado durante horas.
No me atreví a escribir sobre Venecia, porque no hay
metáfora que la describa, ni tiene comparación alguna. Pero sí escribí sobre
ti y tus cabellos, tu sonrisa y tu mirada, porque son como el mar,
como las estrellas,
como el oro.
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Pude confirmarme a mi misma que nada de lo humano era eterno: así, mientras algunas de mis musas desaparecían con el tiempo (o el tiempo desaparecía cuando ellas marchaban) otras nuevas llegaban, y la única que quedaba siempre era una, era yo, mi musa, quien también habría de desaparecer algún día...
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Carnaval y su amigo Arlequín callaban mientras yo bebía zumo de piña y trataba de encontrarle conexión a todo, convencida de que el azar no existe y de que todo lo ha determinado el hado, silenciosa e ingeniosamente.

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