viernes, 4 de diciembre de 2015

Más de siete musas

Me gustaría que todo lo que dijera fuera poesía siempre. Al menos nunca les faltaría un sentido a mis palabras, el poético. Necesito hablar mucho y mucho rato, aunque sólo diga estupideces.

A veces las siete musas no le bastan a una poeta, o poetisa, o como quieras llamarlo, y entonces, se buscan otras por ahí. Las musas extra normalmente duelen a la poeta, la desgarran, esa es su función. Y así la poeta escribe sobre ellas.
Pero, en realidad, la verdadera y primera musa es la poeta misma. Y esto es lo peor. Porque esta musa es la que más rompe a la poeta, y la que más le grita, y la que siempre le pide más. Y esto lleva a la poeta a un ligero y eterno estado de locura.

El estado de locura descoloca a la poeta, y nada que no sea poesía tiene sentido para la poeta. Entonces, si se piensa bien, casi cualquier cosa puede ser poesía. Pero la musa tiene sus gustos.

Cuando la musa y la poeta se enfadan, cosa que ocurre habitualmente, esta última se desmorona. La poeta no es nada sin su musa, entonces, la poeta, deja de ser, o quizá la poeta quiera dejar de ser.
A veces es cansado ser poeta, por culpa de la musa.

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A mi nadie me preguntó si quería estar aquí, simplemente aparecí, me arrojaron al mundo, y me obligaron a vivir.

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